"Palabras", por Carlos Rodríguez

Resumen de la exposición del periodista de Página 12 en la Charla Debate "El rol del Periodismo ante la escalada represiva", organizada el 2 de septiembre por las Secretarías de Derechos Humanos y de Asuntos Profesionales del SIndicato de Prensa de Buenos Aires en la sede del portal recuperado por sus trabajadores Infonews:

Si he perdido la vida, el tiempo, todo

lo  que tiré como un anillo al agua,

si  he perdido la voz en la maleza,

me queda la palabra.

(Blas de Otero)

Por Carlos Rodríguez, periodista de Página 12

    La palabra, la que se dice y la que se escribe, siempre tiene una intención, una búsqueda, una ideología. Los que trabajamos en los medios gráficos o audiovisuales, muchas veces por desconocimiento, estrés o por repetir frases hechas que algunas veces no analizamos debidamente, cometemos errores periodísticos, pero sobre todo ideológicos. Las usinas oficiales (funcionarios de gobierno, jueces, policías, etcétera) y también los grandes medios (Clarín, La Nación, la televisión en general), imponen muletillas que luego se convierten en términos lingüísticos a los que apelamos no sólo los periodistas sino también, lo que es todavía más grave, el pueblo en general cuando opina sobre un hecho policial.

    Cuando hay una serie de robos en un barrio, aunque sean menores, los vecinos dicen que ese lugar es “tierra de nadie”, repitiendo lo que vienen abonando desde hace años los editoriales de La Nación, Clarín y otros medios de prensa cada vez que hay un hecho de violencia en un barrio suburbano. Es una forma de pedir “seguridad” y de estigmatizar a los sectores populares.

   Lo que aquí escribo está lejos de pretender ser un “manual de estilo” ni nada que se le parezca. Apenas un escrito para abrir el debate y para sumar opiniones teniendo en cuenta la necesidad de informar sin discriminar y sobre todo, sin hacernos cargo de palabras que nos son impropias.

--Hay un policía en mi diccionario

    Las famosas “fuentes policiales” han reclutado a muchos colegas que repiten como loros de comisaría, sin pensarlo siquiera, algunas palabras que tienen uniforme azul. Se dice que un ladrón fue “abatido”, mientras que los policías, en cambio, siempre son “asesinados”. El policía, como se sabe, tiene licencia para matar siempre que se enfrente con un “delincuente” que esté armado y que constituya un peligro para él o para terceros. Esto, claro, en el plano “legal”, pero todos sabemos de los miles de casos de gatillo fácil y de abuso policial  en democracia.

    De acuerdo con todos los diccionarios consultados, “abatir”, que proviene del latín vulgar “abbattuere”, significa “derribar, hacer perder el ánimo”. Es simple, se aplica esa palabra, a contramano de la Real Academia, porque la policía ni el establishment pueden admitir en sus partes oficiales que un uniformado “asesinó” a un supuesto ladrón, a una persona inocente hasta que se demuestre lo contrario. Por eso, cuando uno escribe, el término “abatido” no debería figurar ni siquiera entre comillas.  Claro que tampoco quiero provocarles una batalla campal con sus editores porque escribieron “un policía de la Federal o de la Bonaerense, asesinó a un hombre o a una mujer”. Con decir “la policía mató a un hombre o a una mujer a los que se considera sospechosos de haber cometido tal delito”, está salvada nuestra responsabilidad como periodistas.

    Tampoco hay que calificar al muerto como “delincuente”, “asaltante” o cosas por el estilo, sobre todo si la única versión que conocemos es la de la policía. Recordemos que todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario. El pibe Mariano Witis o los vendedores de la Masacre de Pompeya o la Masacre de Wilde eran “peligrosos delincuentes armados” hasta que se demostró que habían sido honestos ciudadanos que fueron asesinados “por error” por las policías Federal o Bonaerense.

     Lo que opino, apenas una opinión, es que no hay que usar ningún término producto de la “imaginación” policial. Ni “piratas del asfalto”, ni “motochorros” (quién lo inventó, ¿la policía o Clarín?), ni “tierra de nadie”, ni “caos” ni “anarquía”, ni “Fuerte Apache” (el barrio se llama Ejército de los Andes), ni “mejicaneada” (sinónimo de “traición” según los ratis, como si los únicos traidores fueran mexicanos)  y mucho menos “ajuste de cuentas”.

     Hace unos años, a estadio lleno, luego de hacer un gol para el Manchester City, Carlitos Tévez mostró una camisa que decía “Fuerte Apache”. El, como cualquiera de los habitantes del barrio, tiene el derecho de reivindicar ese nombre, cagándose en los que lo dicen ante las cámaras de TV para estigmatizar a los vecinos. Tévez tiene todo el derecho, pero nosotros, como periodistas, tenemos que dejar sentado que repudiamos el gesto discriminador de los que le pusieron y repiten el mote con el objeto de estigmatizar al barrio porque está “lleno de pibes chorros” y es “tierra de nadie”.

       Todo es discutible, por supuesto. Pero creo que los “piqueteros” son “piqueteros” cuando cortan una calle. Cuando reclaman sin corte, cuando dan a conocer un comunicado, son lo que son: integrantes de organizaciones sociales que luchan por sus derechos. Y también lo son cuando hacer un piquete, por supuesto, pero en ese caso son “piqueteros” porque hacen un “piquete” en ejercicio del derecho a peticionar. Hoy, para los medios, decir “piqueteros” siempre tiene una intencionalidad peyorativa que hay que rechazar. Ellos sólo califican así, siempre, a los pobres, mientras que los vecinos de Barrio Norte o a  los comerciantes de cualquier lugar que cortan la calle son “vecinos indignados por la falta de respuestas”, no son “piqueteros”. En todo caso, siempre que hablemos de las organizaciones que se reivindican como “piqueteras”, tenemos que darle más importancia al reclamo justo que realizan y no al “caos” del tránsito.

    Claro que es legítimo que los “piqueteros” se autodenominen “piqueteros”, porque ellos asumen esa definición con orgullo, como lo hizo Carlitos Tévez con su barrio. La diferencia está en los que usan el término para poner al resto de la ciudadanía contra los “piqueteros”. Estaría bueno que los “bosteros” se reivindicaran bajo ese apelativo como hinchas de Boca y que no les importara que les griten que son “de Bolivia y Paraguay”. Sería ideal que la tribuna tuviera un canto reivindicatorio: “Somos de Bolivia y Paraguay…¿y qué?”. “Soy bolita y qué”, “soy paragua  y qué”.  Aunque muchas veces es puro folklore, incluso a veces divertido, esos motes salen de la cancha y cuando se aplican confirman los  fines discriminatorios que tienen y eso les duele a los nacidos en Bolivia y Paraguay, no a los hinchas de Boca en general.  

--Ajuste de cuentas con la impunidad

    Respecto de los “ajustes de cuenta”, hay que señalar siempre que es un término bien controvertido y mentiroso. La policía califica así a cualquier crimen ocurrido en una villa, en un barrio pobre. Es posible que algunas veces se trate de enfrentamientos entre bandas de pibes o adultos, pero muchas otras son homicidios cometidos por la propia policía o por bandas que trabajan para la policía. Los hechos calificados como “ajustes de cuenta” quedan impunes en un 90 por ciento de los casos. Siempre se debería aclarar ese dato, cada vez que la policía hable de “ajuste de cuentas”, porque desde 1983 en adelante hubo miles y miles de casos que fueron así calificados porque el muerto es un pobre, “delincuente” o no. El término “ajuste de cuentas” tiene, para la policía, el valor de un epitafio en la tumba de la víctima. Y el epitafio dice “impunidad”.  

--A la izquierda de su pantalla…

    Algunos maestros del periodismo afirman que existen palabras “mágicas”, palabras que tienen un significado, pero cuando son lanzadas desde el poder, o desde los medios de prensa, adquieren el carácter de una acusación. A lo largo de la vida he leído muchas veces señalar, desde la prensa, que a tal tipo “lo acusaron de comunista”. Es cierto que en las décadas de plomo que vivimos en el país siempre que alguien era señalado como “comunista”, eso mismo constituía una acusación, porque el comunismo, el marxismo, el anarquismo, eran y son objeto de persecución. Pero a nadie se le ocurriría decir “lo acusaron de peronista, kirchnerista o radical”.

    Por eso hay que tener cuidado en no caer en el mismo vicio, a veces sin querer. Es muy común que en discusiones de los sectores “progres”, se diga con suma facilidad que los “troscos” o los “ultras” deben ser marginados de cualquier discusión seria a la hora de formar una alianza o de emprender alguna acción conjunta. Puede ser cierto que algunos sectores de la izquierda marxista estén más propensos a “romper” cuando no pueden imponer sus consignas, pero hay que evitar las estigmatizaciones. Nunca se debe coincidir con la derecha. Y siempre se debe dejar la puerta abierta a cualquier compañero. Que la cierren ellos en todo caso, nunca nosotros. Se pueden marcar diferencias sin estigmatizar a nadie. Y jamás usar términos como “troscos” o “ultras” en forma peyorativa. 

    Hay que ser muy cuidadosos con estos temas. Recordemos que la dictadura estigmatizó a todo el que se le opusiera con el mote de “subversivo”. Y lo hizo para usar un término amplio, que nos abarcara a todos. Era más difícil llamar a todos “terroristas”, como lo hacían con las organizaciones armadas, que en la Argentina nunca fueron “terroristas”, en el estricto sentido de la palabra: “El que siembra el terror”.

    En todo caso, la guerrilla atacó a organizaciones “regulares” (policía, fuerzas armadas y de seguridad) que, como es obvio, estaban armadas y usaban la violencia en forma “legal” o “ilegal”. Asesinaban y eran asesinados. Los “subversivos” de hoy son los “piqueteros”, los “subte delegados” (lo correcto, en este caso, sería decir “los trabajadores del subte”, porque los paros se deciden en asamblea y no por los delegados, en solitario), los “motochorros”, los “pibes chorros”, los “villeros”. No sumemos nosotros más supuestos “subversivos”. Ahora, para Clarín y La Nación, los nuevos “subversivos” militan en La Cámpora o en el Movimiento Evita. No podemos caer en esos errores, por más que no estemos de acuerdo en algunos puntos o en varios, o en todos, con esos compañeros.

--Salvo Maradona, lo que viene de la izquierda es malo

    Las cuestiones ilegales, clandestinas, turbias, vienen “por izquierda”. En el Dicccionario Etimológico del Lunfardo (autor Oscar Conde, editado por Perfil Libros en 1998), se dice que el término “por derecha” significa “legalmente”.  Luego se aclara que se trata de una deformación argentina que se ha popularizado. La frase proviene del español “ir por derecho”, que en lugar de aludir a la “derecha”, habla del “derecho”,  es decir de hacer valer un derecho.  Aquí, en cambio, “darle la derecha” a alguien significa declararlo “legal”, mientras que ir “por izquierda” es todo lo contrario. Nada es casual, por supuesto.   

    Hay un caso más complejo –y discutible seguramente—, el de la utilización de “siniestro” como sinónimo de incendio, tragedia, catástrofe. En las primeras ediciones del diccionario de la Real Academia, la palabra no existía. En la vegésima segunda edición se dice, como primera referencia, que “siniestro”  significa “que está a la mano izquierda”. Pero después se le agregan algunas otras acepciones que le han sido dadas a partir de su profusa difusión en los medios y su incorporación al lenguaje cotidiano.

    Esa “evolución” de la palabra (así lo llaman los “expertos” de la Real Academia) llevó a establecer que “siniestro” también significa “avieso y malintencionado” o “infeliz, funesto o aciago”.  También se aplica el término para definir “un daño de cualquier importancia que puede ser indemnizado por una compañía aseguradora” o para señalar una “propensión o inclinación a lo malo”. Las películas de terror son todas “siniestras” porque los malos actúan “por izquierda”. Nadie diría nunca jamás que “diestros” como Hitler o como Videla fueron autores de hechos “por derecha” que son repudiables.

    Todas las interpretaciones, salvo la que alude como “siniestra” en referencia a la mano izquierda, son aplicaciones  “figuradas” que surgirían de la utilización cotidiana, a lo largo de los años, del término “siniestro/a” (izquierdo/a) como algo malo, muy malo.  Yo no usaría “siniestro”. Podemos hablar de catástrofe, desastre, etcétera.

--Negro=invisible=mal visto

    Grandes escritores africanos, afro-caribeños y afro-americanos, como Frantz Fanon, Langston Hughes, Maya Angelou y Ralph Ellison, han denunciado al mundo, sin ser escuchados lo suficiente, la existencia de una serie interminable de simbolismos negativos alrededor de la palabra “negro”. En síntesis, señalaron que hay una asociación, consciente o inconsciente, entre blanco-bueno y negro-malo. De sus trabajos podría deducirse que el estigma de la raza hace que tengan una clara connotación racista decir frases tales como “una noche negra” (o una “tarde negra” aunque haya transcurrido a pleno sol), un “futuro negro” , una “lista negra” o incluso cuando se habla de “trabajo en negro”, cuando se quiere señalar que hay personas que no son reconocidas legalmente por las empresas en las que trabajan, que se niegan a “blanquearlas”, es decir legalizarlas.

    Fanon, nacido en la isla de Martinica cuando era colonia francesa, fue psiquiatra, filósofo, escritor y miembro activo del Frente Nacional de Liberación Argelino. En su libro Piel negra, máscara blanca, publicado en París en 1952, sostuvo que los negros, frente a la marginalidad a la que son sometidos por los blancos, suelen adoptar los valores de quienes los subyugan. “Estamos tratando de entender por qué al negro de las Antillas le gusta tanto hablar francés”, se preguntaba Fanon. Su teoría era que, a pesar de la ira que genera el verse despreciado, el subyugado termina por despreciarse a sí mismo, motivo por el cual trata de hacer una transformación al estilo Michael Jackson. El neoyorquino Ralph Ellison, sostuvo que un hombre negro anónimo se convierte en un “hombre invisible” ante la indiferencia que genera en su contexto social (del libro Invisible Man, publicado en 1952).

    Aunque mucho se ha discutido –y avanzado— en algunas cuestiones relacionadas con la discriminación racial, los usos y costumbres han determinado que la palabra “negro” tenga hoy la misma connotación discriminatoria que veían los dos autores en la década del cincuenta. La Real Academia dice que la palabra “negro/a” define “el aspecto de un cuerpo cuya superficie no refleja ninguna radiación visible” o que describe a una persona “cuya piel es de color negro”.

    Otra de las definiciones del manual es que se dice del “moreno” o de quien “no tiene la blancura que le corresponde” (sic). También puede utilizarse para señalar algo “oscuro u oscurecido y deslucido, o que ha perdido o mudado el color que le corresponde”. Admite además que se use para mencionar algo “clandestino, ilegal” como “dinero negro”.  O para denunciar ritos o actividades “del demonio o del poder maligno” como la magia o las misas “negras”.  Del mismo modo puede usarse para definir algo que está “muy sucio” (la pintura blanca o la harina también tienen la misma capacidad de ensuciar) o para denominar las novelas o el cine “que se desarrolla en un ambiente criminal o violento”.

    La utilización que se hizo de la palabra “negro”, por siglos, llevó a esta definición en el Diccionario Etimológico del Lunfardo ya citado: “Negro, negra: Natural del interior de la Argentina, generalmente de tez morena. 2) miembro de la clase baja//EN NEGRO, sin regularizar, fuera de la ley”. Se admite, no obstante, que son expresiones “de fuerte tono despectivo”.

    Es cierto que, entre los argentinos, llamar “negro/a” o “negrito/a” a los amigos/as es una frase cariñosa, pero a la hora de hacer periodismo es preciso eludir términos como “noche o tarde negra” y un sinfín de metáforas por el estilo que tan comunes son en la prensa escrita, oral y televisiva.

    También es importante empezar a reivindicar a los de raza negra o a los pobres llamados “negros” en forma despectiva. El cómico norteamericano Lenny Bruce decía que si sus compatriotas, blancos como él,  utilizaran la palabra “negro” sólo para referirse a una diferencia de color y no a una diferencia de clase, de posibilidades, de inteligencia, incluso; si los norteamericanos blancos dejaran de discriminar a los negros, decía Lenny, “no habría chicos negros que vuelven llorando a su casa luego de un día en la escuela”. Pablo Lezcano, de Damas Gratis, hace su aporte, como Tévez, para que el color de la piel deje de ser un karma: “Vamos los negros, vamos los negros”, alienta a sus seguidores, en un tono reivindicatorio de los sectores populares discriminados cuando ese mote es aplicado en forma despectiva.  

--Viva la anarquía

    Hace unos años, en una asamblea de Página/12, un delegado amigo, buen compañero, durante una de sus intervenciones, aclaró: “No queremos la anarquía”. Aunque a muchos les pareció exagerado, yo me sentí obligado a aclarar que “anarquía” no es sinónimo de “caos” o de “descontrol”, a pesar de que desde los medios y desde el poder siempre se le da esta interpretación. El anarquismo, como se sabe, es una doctrina filosófico-política cuyo principal fundamento consiste en la supresión del estado y la exaltación de la libertad humana. Lo que pregonan es la convivencia, la igualdad espontánea de las personas, sin necesidad de que exista un poder, ni capitalista ni socialista, que imponga algún tipo de presión coercitiva.

    La anarquía es, en suma, el estado ideal –utópico, muy difícil o imposible de alcanzar, pero ideal— porque cada persona sería libre de actuar y pensar como quiera, sin propiedad privada ni patrones, y respetando siempre los derechos del otro. Eso no es, precisamente, ni el “caos” ni el “desorden”, sería el orden natural de las cosas. Ese orden humano destruido todos los días desde el poder político y económico. Estos sectores, políticos y económicos, son los que provocan “el caos”.

--Apuntes finales

    La discriminación, en los medios y desde el poder, a través de las palabras, viene de larga data. Hay que reconocer la historia y las deformaciones del lenguaje impuestas “desde arriba”. En un tiempo, las “villas de emergencia” eran las “villas miseria”. El vocablo “miseria”, en los cincuenta, en los sesenta, tenía el significado de una denuncia sobre la situación de las personas que vivían en condiciones infrahumanas. En Argentina se hizo una película (Detrás de un largo muro) donde se veía cómo se “escondía” a los más pobres y a la pobreza en su más cruda expresión.

     Del mismo modo se señalaba la existencia de países “del Tercer Mundo” o simplemente “Países pobres”. La ONU, la OEA “inventaron” entonces el término “países en vías de desarrollo”. Una vía en la que los países pobres siguen descarrilando por los obstáculos que ponen los países ricos. También se cambió el nombre de algunas dependencias oficiales, de represión, para hacer creer que se había terminado la persecución política en el país.

    En los sesenta, la Superintendencia de Coordinación Federal  era el terror de los militantes. Era decir “vienen los de Coordina” para que se produjera el desbande. En la dictadura del ´76 se le cambió el nombre por el de Superintendencia de Seguridad Federal. De todos modos, la dependencia de la Policía Federal siguió cumpliendo la misma función: perseguir, asesinar, secuestrar, torturar, hacer desaparecer. La sede de la Superintendencia, sobre la calle Moreno, a una cuadra de la jefatura de la Federal, fue centro clandestino de detención y tortura.

    Otro tema conflictivo es cómo llamamos a los pueblos originarios. Desde antaño les llaman “indios” por ignorancia de los europeos, tan cultos ellos, que llegaron a América. Colón pensó que llegaba al Continente Asiático, al que los europeos llamaban Indias. Por eso, nuestros antepasados fueron “indios” sin serlo. En el Diccionario Etimológico del Lunfardo, de Oscar Conde, se dice de la palabra “indio”: “Revoltoso, travieso”. La palabra proviene del español “indio”, como definieron los conquistadores a los pobladores de América. La palabra “indiada”, por su parte, es definida como “tropelía, desmán”. Esa es la acepción que le damos en la Argentina. En España, “indiada” es un “conjunto o muchedumbre de indios”.

    Antaño, en Argentina, se llamaba indiada al “conjunto de jóvenes de la alta sociedad que hacia fines del siglo XIX se dedicaban a cometer todo tipo de desmanes”. Los chicos inquietos son “indios”, los hombres violentos son “indios”. Hay quienes sostienen que no debe emplearse la palabra “aborigen”, para aludir a los pueblos originarios, porque la palabra significaría “sin origen”. Es posible que se relacione esa palabra con el término “ab normal”, que en inglés significa “anormal”. Sin embargo, en el diccionario de la Real Academia se dice que aborigen define al “originario del suelo en que vive. Tribu, animal, planta aborigen”. También se dice “del primer morador de un país, por contraposición a los establecidos posteriormente en él”.

    Hay muchas formas de discriminar a los pueblos originarios. Seguir hablando de malones o burlarse cuando dicen, como dijo Evo Morales, que la defensa de la “madre tierra” es anterior a los derechos humanos. Y claro que es anterior, los primeros pobladores del continente, siempre defendieron su hábitat natural. Lo demuestra la carta enviada por el jefe sioux Seathl al presidente de los Estados Unidos Franklin Pierce, cuando éste lo conmina a vender las tierras habitadas por su comunidad.   

    Responde el jefe sioux, entre otras cosas: “El agua cristalina que corre por ríos y arroyuelos no es solamente el agua, sino también representa la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos nuestra tierra deben recordar que es sagrada, y a la vez deben enseñar a sus hijos que es sagrada (…) El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre”.

    Los blancos, incluso muchos de la izquierda argentina, se han burlado de las palabras de Evo. Pueden comprender, o respetar, o convivir con los milagros que cuenta la Biblia, pero se burlan del apego de los pueblos originarios a la Madre Tierra. Otra cosa es si lo dicen o hacen los ecologistas de Greenpeace o de cualquier ONG “blanca”, aunque estén financiadas por Estados Unidos, el mayor depredador del planeta.

    La expresión “indio” es claramente peyorativa y surge de un error histórico.    En este punto, me dejó impresionado una frase que me dijo una vez, en Formosa, en la comunidad La Primavera, uno de los dirigentes qom:  “A veces nos discriminan sin mala intención los propios amigos blancos, que tenemos, cuando nos dicen ‘pueblos originarios´, porque lo hacen para tratar de ‘blanquearnos’ frente a la sociedad, que nos rechaza por ser ‘indios’. A veces, es preferible seguir siendo ‘indios’, como nos llamaron los conquistadores, porque lo que importa es ser indios libres y dueños de nuestra tierra”. Como Tevez, como Lezcano, ese dirigente qom ratifica que lo más importante es sentirse fuerte y poder enfrentar a los que discriminan con el lenguaje.

    Después de decir todo esto, parece difícil cómo llamar a nuestros ancestros, pero es fácil: qom, wichís, tehuelches, mapuches y siguen las firmas.  Y si ellos mismos se reivindican “indios”, sólo queda admitir cuando no aplaudir.